Illari y la receta para leer. El segundo libro de Isbel García

Isbel García (Cajamarca, 1994) descubrió lo que quería hacer como bibliotecóloga cuando, en el segundo año de sus estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, concurría a los parques del distrito de Magdalena para narrar cuentos. Desde entonces, junto a otros compañeros, viaja por Huánuco, Cuzco y Trujillo participando como mediadora en bibliotecas comunales, espacios no convencionales de lectura y encuentros nacionales. “Hay entornos familiares llenos de violencia en los que una salida para ellos es la lectura. Tú te pones a pensar cuántos espacios de lectura, de cultura de paz, pueden abrir las bibliotecas. Ir hacia la lectura es salir de tu vida caótica”, manifiesta. Actualmente trabaja en la biblioteca del colegio Markham y anteriormente en el Newton College. En su vida personal, le contenta mucho que su hermanito de tres años y su sobrina de cinco esperen ansiosos de parte de ella, en los cumpleaños y en las navidades, libros y no juguetes. Este mes ha presentado en la Casa de la Literatura Peruana su segundo libro inspirado en la pequeña sobrina que le da nombre a su protagonista, Illari y la receta para leer (Gato Viejo Producción Editorial). Isbel, que ya programó los talleres que ofrecerá el próximo año en varios lugares del Perú al volver de su pasantía en Espantapájaros (Colombia), nos concede un tiempo en su apretada agenda para conversar sobre su cuento y sobre su labor como mediadora.

¿De qué trata Illari y la receta para leer?

De una niña que debería ser como cualquier otra. Todo el mundo dice que es extraordinaria porque hace cosas extraordinarias, todos esperan grandes hazañas de ella, y ella ni enterada, ni siquiera tiene noción de qué significan esas cosas. Así que mientras trata de pasar su vida normal se topa de pronto con algo inusual, y con este trato de ser extraordinaria pues se choca con esa pared y se queda preocupada, ¿por qué razón no ha conocido ese mundo? Luego va al doctor con su mamá, él le dice que tiene una enfermedad que es gravísima y le da una receta para solucionar esta enfermedad como cualquier otra. Y la receta la encuentras en la biblioteca. Más o menos de eso va la historia. Está inspirado en mi pueblito (Cuyca, en Jaén) que es así, muy verde, tiene un río…

Donde cada persona tiene una cualidad.

Sí, eso pasa a menudo en los lugares pequeños. O sea, no puede haber dos panaderos, hay uno solo. No puede haber dos ganaderos, hay uno. La gente se organiza siempre con eso y es como muy familiar. Si tu papá es panadero tú terminas siendo panadero. Muy pocas veces se rompe el hilo.

Además, el libro es interesante porque al final es un libro que abre otros libros.

Es eso. La idea tampoco es mandar el mensaje de que todo el mundo debería leer. Oye, ahí está, si quieres hazlo, porque en literatura infantil no hay que subestimar a los niños y creer que son tontos y decirles que no leen, sino contarles qué pasa, por qué la gente no lee, qué puedes hacer. Y es muy humorístico creer que es una enfermedad, porque a menudo nos dicen que está mal, pero qué genial creer que es una enfermedad porque las enfermedades se pueden curar y hay una medicina para eso.

Isbel y su reciente cuento infantil | Foto: Juan Carlos Carranza

¿Cuál fue el proceso de creación de este cuento?

Lo escribí en el 2015. Yo fui a una conferencia de literatura infantil en el ICPNA y recuerdo que todo el mundo se puso a hablar de que no leemos en este país, de que estamos mal, que la prueba PISA… Pero nadie dijo qué había que hacer para solucionarlo. Estaba un escritor al que prefiero no mencionar, una persona que me parece que ha comercializado con el Plan Lector. Hasta ese entonces lo consideraba porque escribe relativamente bien, pero fue desalentador lo que dijo. Luego presentó su proyecto de una caja con cien libros que había que comprar para cada familia. Si hubiera indagado que eso no es útil, como la experiencia de Chile que no funcionó… Porque no se trata de aparecerte y darle libros a las familias. Se trata de incentivar a que les guste la lectura. Yo te puedo repartir como Papa Noel un libro esta Navidad, pero si ninguno de estos niños quiere leer van a estar por ahí tirados. Salí muy decepcionada de esa conferencia, estaba regresando a mi casa desde Miraflores hacia Cieneguilla, porque yo vivía allá en ese tiempo, así que eran como dos a tres horas de viaje y me fui pensando qué terrible, ¿cuál es la solución a este problema? Y apareció en mi cabeza esta historia.

Cuando se hace el trabajo de mediación de la lectura no solamente se está enseñando a leer, sino que se está enseñando a descubrir algunos valores.

No. La mediación no tiene que ver con hacer que el niño rescate los valores de la historia. De pronto eso lo hace la educación; nos gusta pensar más en que ellos son capaces de interpretar y en base a eso generar conexiones. Es más, estamos rompiendo este estigma de que todas las historias infantiles deben tener un valor. Estamos esperando que ellos se den cuenta de que pueden crear, desarrollar, imaginar, interpretar, comprender mil cosas, que son capaces de hacer eso.

Es un punto interesante. En Brasil hay el caso de unas mediadoras de lectura que trabajan el tema del machismo. En un libro ellas contaban que en una escuela evidenciaron, a través de preguntas, que los pequeños decían que los niños eran mejores que las niñas. Entonces, en su actividad de mediación, escogían ciertos libros para ayudar a romper estas ideas en los niños porque ellos, lo que saben, es porque lo escuchan a partir de sus padres y todo lo que está a su alrededor. Cuando realizas mediación seguramente tienes algunos criterios para elegir algunos libros. 

Siempre…

¿Cuáles son esos criterios?

Pero para hablar de lo que mencionas, para que se entienda lo que es mediación, el mediador no es aquel que impone una lectura. El mediador es aquel que escucha a las personas con las que va a trabajar, sabe no solo lo que necesitan, sino también lo que les gusta. No venimos con la lectura y decimos vamos a hablar sobre el machismo porque el machismo es malo. No. Empezamos con preguntas que ellos mismos pueden responderse, cosas como las que acabas de decir. Por ejemplo, les muestro una imagen de una chica deportista y un chico deportista y les pregunto quién es mejor, no les estoy diciendo ella es mejor; entonces, a través de las respuestas, una ve cómo están y qué piensan. Se debe generar siempre conversación, en base a eso se seleccionan libros que te permiten conversar sobre el tema, pero nunca un mediador es el que va a decir hay que realizar la revolución feminista. Es aquel que debe permitir que ellos lleguen a todo eso a través de preguntas muy sencillas.

Otro ejemplo…

Hay un libro que se llama Una historia imprevista, de un autor peruano, Mauri Motoneta. En la escena ves a la mamá lavando los platos, el papa desayunando y el niño jugando con su mascota. En la siguiente ves prácticamente la misma escena, solo que el plato del papá está roto, la mamá voltea molesta y el texto te dice que el niño se va a jugar como todas las noches. Ese texto es fuertísimo. Te está diciendo que todas las noches, cada vez que hay agresión en casa, él se retira. Aparte de tener contenido machista porque solo las mujeres lavamos los platos, cosas como esas te permiten conversar, tú no le dices al niño cosas como: “En esta escena hay una agresión…” Le preguntas: “¿Qué crees que está pasando?” Y ellos miran, analizan y te contestan; luego les preguntas: “¿Alguna vez has vivido algo así?” Pueden decir sí, una vez mi papá llegó borracho y no quiso comer lo que mi mamá le sirvió, que es algo que suele pasar. Entonces te das cuenta que ellos están relacionando la historia con su vida. Lo otro que haces es que frente a estas respuestas preguntas si eso estará bien. No tenemos un rol de enseñanza impositiva; somos un mediador. Muchos no lo hacen bien y aparecen diciendo: “Vamos a aprender los valores de tal cosa…”

«….el mediador no es aquel que impone una lectura» | Foto: Juan Carlos Carranza

La labor de mediadora debe dejar muchas satisfacciones, pero todo oficio tiene sus gajes. ¿Con qué dificultades te enfrentas?

Siempre me topo con el hecho de que los papás tienen tan sesgada su noción de lectura que tienen otras prioridades. Es algo que veo, por ejemplo, en Huancayo, donde la gente no puede pagar ni siquiera por un libro de diez soles, les parece una locura. Para ellos es más importante la próxima yunza, la próxima boda gigantesca ¿para qué? Para diversión de un ratito. Los padres son los que más restringen la lectura a sus hijos. Son ellos los que ponen esa barrera. Pasó en la presentación del libro. Había una niña que se llamaba igual que mi sobrina y la mamá no le compró el libro. Los papás te dicen “luego te lo compro” y nunca te lo compran. Es triste. Son veinticinco soles, no es un libro de setenta, ochenta y cinco. Es como comerte un cuarto de pollo.

¿Qué más enfrentas?

Toparte con las entidades del Estado. Si quieres hacer una actividad de picnic en los parques tienes que hacer unos trámites terribles. Es absurdo. Otra cosa que pasa es que la gente está acostumbrada a que la cultura sea gratuita. Les cuesta horriblemente pagar por consumir cultura. Y esto es un ciclo. La cultura tiene una economía. Si no pagan, hay menos artistas, nos morimos de hambre y tenemos que tener dos trabajos: uno que te da para vivir y otro por amor al arte, y es un discurso porque el amor al arte es tiempo, creación, dinero que se invierte. Y en Lima pasa más. En provincia, al menos ante la falta de información se considera oportuno, pero aquí quiero dar un taller y la gente no paga, personas que incluso tienen poder adquisitivo. ¿Quieres trabajar con el Estado? Quieren que hagas todos tus talleres gratuitos.

Vas a realizar la pasantía en Espantapájaros. ¿Por qué ahí? ¿Qué te llamó la atención?

Colombia nos lleva años en promoción e implementación de la lectura. Tienen redes de biblioteca super avanzadas. Es un país que a nivel de Latinoamérica está muy bien en lectura, aunque la prueba PISA diga lo contrario. No tiene que ver con qué comprendes, tiene que ver qué estás leyendo y por qué. Eso es una tontería para mostrarnos estadísticas, nada más. Yolanda Reyes, quien dirige Espantapájaros, además de ser escritora lleva muchos años investigando temas de primera infancia y lo tiene muy bien armado. Tienen un laboratorio dentro de Espantapájaros donde trabajan con bebés. Los escogí porque investigué mucho sobre ellos en mi etapa universitaria, hasta que me enteré de que costaba mil cien dólares y dije no hay forma de que pueda pagar esto. Pero estoy yendo porque está siendo cubierto por el Ministerio de Cultura.

Cuándo regreses de Colombia, ¿qué proyectos tienes en mente?

Una de las cosas que pasa cuando vuelves es que el ministerio te puede llamar en cualquier momento para dar talleres y mostrar lo que aprendiste. Fuera de eso, siento que tengo una responsabilidad porque el dinero del Estado, al fin y al cabo, es dinero nuestro, del impuesto que cada uno ha pagado. He llegado a programar ya cinco fechas para ir a diferentes lugares del país y dar talleres de todo lo que aprenda en Colombia.

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